jueves, 15 de mayo de 2008

Escena


Corre desesperadamente, el aire que le da en los ojos de la fría y seca noche de junio hace que una innumerable cantidad de lágrimas caigan por su rostro.
Igual llora, igual siente cada una de esas gotas saladas que llegan a sus oídos a causa de la velocidad que lleva.
Se escapa de nada, se escapa y es capaz de todo.
Encuentra una oscuridad al costado derecho de la vereda, en un pórtico abandonado, frena, se oculta, pasa el grueso abrigo por sus ojos a fin de secarse. No lo consigue, sus ojos no dejan de expresar la tristeza que hace que corra y corra sin cesar.

Por un segundo pretende descubrir si tiene un nombre dicha tristeza. Recuerda, vacío en el estómago, pelota dura, peso, asco, algo emerge de su alma usando como conducto al cuerpo, viene, viene, siente el alma salir por su boca cuando vomita mientras llora con tanta fuerza que sus ojos, antes blancos, se tornan de un tono rojizo intenso sobretodo en las venas.

Cae de rodillas al piso, débil, vulnerable, alma, el llanto decide tomar protagonismo hasta tal punto de que olvida la situación precedente simplemente escupiendo y tragando para poder tomar aire, no cesa, gemidos desde la oscuridad. Los azulejos bajo su trasero se sienten duros, fríos, tiembla, toma aire por segunda vez en 10 minutos, se olvida de respirar. Sus manos llenas de tierra, sus ojos llenos de agua, su boca con sabor conocido, sentía despedir algo que ya había sentido, sentía que estaba sacándose de adentro aquella razón, aquel nombre, todos esos días. Los colores son blanco y negro, contraste en las luces (ves a través de ojos llenos de lágrimas, ves las luces saturadas y con el aura invernal) y suena una música que trascurre un interminable ascenso hasta fundirse en la oscuridad del cine, en esa puerta de madera rojiza sin barniz, descascarada, abandonada. Oscuridad y música al máximo volumen.

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